Creciendo setas _ el tiempo de la bomba

Pedro G. Romero

Creciendo setas _ el tiempo de la bomba

Pedro G. Romero

«Un total de 23 personas, 13 niños y 10 adultos, han muerto en Vorónezh, una región de Rusia central, de una intoxicación por ingerir setas comestibles que pudieran haber experimentado una extraña mutación por las radiaciones de una central nuclear situada en la zona. 170 personas más han enfermado.
Aunque las noticias son muy confusas, las autoridades sanitarias de esta región han señalado que se trata de una sustancia desconocida hasta ahora. Las autopsias realizadas a los fallecidos muestran importantes lesiones en el hígado y los riñones». Toda la noche estuve dando vueltas en la cama, y me desperté sudando la pesadilla.


Aquel grupo de soldados recién amanecido se calentaba alrededor del fuego. Piotr cocía los sombreretes rojos de las oronjas, removía el líquido viscoso y avivaba su fuego. El rudimentario alambique pasaba esa sopa, gota a gota, sobre un agua blanquecina de azúcar candé. Los cosacos miraban a Piotr y miraban la pócima. Se reían convulsivamente, con la ansiedad propia de quien espera algo milagroso. Ninguno de ellos tomó nunca aquel brebaje. Piotr sí, él era de la tierra donde luchaban, Kamchatka, y sabía de las propiedades de la muchamor para animar el combate. Empezó a pasar el cazo mofándose del temor en las caras de los compañeros. Los alemanes llamaban Berserkerwut al furor bélico que aquel licor provocaba. Todos lo bebieron, lo rieron, gritaron, bailaron y asesinaron.


El paseo de cada mañana llevaba a Raimundo hacia los claros del bosque. Buscaba excrementos de animales y como la guerra había sacrificado la mayoría del ganado, tenía que ir a buscarlos allí, a la selva que escondía las montañas y los animales salvajes. Recolectaba entintadas, barbudas o matacandiles, ejemplares ya maduros, que crecían entre los residuos de las bestias. En época de escasez, estos hongos le proporcionaban la sustancia adecuada para la fabricación de una tinta excelente. Con una pizca de clavo añadida al líquido que las setas sudaban, se conseguía una tinta similar a la china. Con algunos restos de goma arábiga añadidos a la mezcla, la fijación era, además, perfecta. Y es que Raimundo no podía permitir que la guerra detuviera su novela. La mayor parte del día la pasaba encerrado en su carromato, escribiendo sin cesar y escribiendo sin césar. Sus historias estaban escritas con una seguridad pasmosa, irritante, hasta tal punto que él mismo no entendía el porqué de aquella fama de raro, de extravagante, hasta de peligroso. Cada noche, Raimundo repetía sus hábitos con el mismo rigor que cada mañana. Bajaba al pueblo más cercano, a última hora del día. Se encerraba en alguna de las tabernas de las afueras, y metódicamente se dedicaba a beber ginebra. Él no era demasiado feo, pero su rostro adornado por edemas enrojecidos lo obligaba a pagar a las mujeres. Ninguna creía que aquellas manchas tuvieran relación con el hecho de escribir. Raimundo les decía que las novelas y la ginebra, mezcladas, siempre tuvieron mala literatura. Al volver al carro, a altas horas de la noche, vomitaba abundantemente. Comía, después, alguno de los huevos de setas jóvenes que siempre traía de sus recolecciones. Y despierto,esperaba el nuevo día.


En 1952, tres muertes a lo largo del mundo se vinculan por una misma sintomatología. En Australia, las ineficaces medidas de seguridad del ejército inglés provocan la muerte a varios aborígenes, al ser irradiados en la zona de pruebas de la primera bomba atómica británica. En Polonia, diecinueve personas mueren intoxicadas por ingerir el cortinario de montaña, cortinarius orellanus, durante una comida campestre. En Tejas, un indio americano se vuelve loco y se envenena junto a su familia después de contemplar por televisión la retransmisión en directo de una explosión nuclear. Tenemos dos explosiones nucleares y una seta. Un envenenamiento que podríamos llamar intencionado y otro, inocente, pues el cortinario de montaña se estimaba comestible hasta la fecha. Además, el término orellanus, que describe al hongo por su color rojizo, proviene de la bija orellana, una planta tropical de la que los pieles rojas extraían su tinte corporal y su apelativo. Las tres muertes fueron en grupo, casi rituales, y todas entre los veinte y los sesenta días después de la intoxicación. Los síntomas tienen comienzo con vómitos y diarreas, dolores gastrointestinales, sudoración excesiva, deshidratación y sed ardiente, molestias lumbares, calambres y temblores, irregularidades en el flujo de la orina, sabor metálico en la boca, cefalea, somnolencia, insuficiencia renal, fuerte palidez, pausas de aparente bienestar, hinchazón bajo los
párpados, anorexia, náuseas, calambres epigástricos y musculares, pérdida de las fuerzas notable, sopor, estado de coma profundo y muerte.


19 de vendimiario. La supresión de la constitución en Francia da lugar a la persecución de todos los contrarrevolucionarios.


20 de vendimiario. Pierre Bulliard, eminente micólogo, es detenidoen su casa de París, sospechoso de practicas contra la razón y el orden.


22 de vendimiario. El autor deHistoire des Champignons de la France acusa a su editor del gracias a dios que aparece en su prefacio.


25 de vendimiario. El comité revolucionario estima la alegación de Bulliard y aplaza su condena. Aún así mantienen su permanencia en la cárcel.


26 de vendimiario. Un escribano e Aubepierre paisano de Bulliard, lo reconoce y lo acusa de traidor por connivencia con la aristocracia.


1 de brumario. Un grupo de hebertistas asalta la prisión y se lleva a una parte de los prisioneros. Bulliard ve entre ellos, sin saber su suerte.


2 de brumario. Él, junto a dos condenados más, es conducido hasta un bosque de pinos cercano. Son atados a unos árboles, mientras, sus custodios comen y beben.


3 de brumario. Esa madrugada es colgado de un pino Pierre Bulliard, en pocos minutos expira con el mismo silencio que mantuvo toda su vida.


3 de brumario. Una colonia de Marasmius bulliardii puebla la rama donde permanece colgado su descubridor, igual que la Himeola auricula judae creció en el sauco donde ahorcaron a Judas


Una manera de hacer música, estudiar a Duchamp. John Cage recibió la siguiente nota: «Querido John, Cuidado Otra seta venenosa. Marcel». La Armillaria mellea, elegida por Cage para brindar a su amigo, es un peligroso parásito de color miel que acaba por matar los árboles de los que vive. Comestible apreciado, una vez cocido adopta diversas formas según la especie que habite, pero, a lo largo de su crecimiento puede confundirse con otros hongos venenosos. Primero, muy joven, con la indigesta Hypholoma fasciculare. Al poco tiempo, con ejemplares tempranos de Cortinarius orellanus, seta mortal. Ya madura, con la Pholiota squarrosa, de textura y olor nauseabundos. Plenamente desarrollada puede confundirse con ejemplares jóvenes del amargo Tricholoma vaccinum. Pueden encontrarse más casos ejemplares en cualquier libro sobre setas.


Esta es la historia de dos pueblos. Ambos compartían el mismo espacio geográfico; valles y mesetas, rodeadas de bosques de frondosas hayas. Un mismo manantial surtía de agua a las dos poblaciones. La producción de trigo, aceite y vino era riqueza común. Las calles de estos dos pueblos participaban de un similar diseño, en él se aunaban el orden racionalista con la memoria histórica. Los vecinos de las dos villas disfrutaban de una organización social asamblearia. Estaban dirigidos por organismos democráticos, en los que todos iban a compartir responsabilidades. Los delitos, si es que algún comportamiento humano recibía ese nombre, se reducían al mínimo. Las enfermedades eran las propias de la diversidad de los ciclos biológicos. Las fiestas se repartían a lo largo del año, según el cambio de las estaciones. Ambas comunidades producían un excelente vino. En los dos pueblos había ávidos lectores y estupendos gastrónomos.
Amor, paz y armonía llenaban sus vocabularios. El tiempo lo medían con las pulsaciones del corazón. Pero unos conocían a la Cantharellus cinereus como Cuerno de la Abundancia, y los otros como Trompeta de los Muertos.


Con el desembarco de las tropas aus tralianas en Burdeos, en 1914, venía una invasión distinta. Millones de esporas de la Anthurus archeri fueron transportadas en el pelo de las caballerías del cuerpo del ejército colonial. El hongo austral acompañó a su vehículo, primero a París, y desde allí, se distribuyeron hacia Soissons, Reims, las riberas del río Mosa, la región de Lorena, Épinal, Estrasburgo y Mulhouse. El Anthurus archeri o Anthurus aserceformis es un exótico hongo de forma estrellada, color rojo intenso, salpicado de dibujos negros, que desprende un olor nauseabundo. Se desarrollan en otoño, y estaban amarilleando los bosques cuando llegaron a las orillas del Rin, cerca de Mulhouse. Comenzaron a crecer en los bosques de Colmar, Guebwiller y Thann, en grandes manchas rojas que a menudo se confundían con los restos que dejó en la retirada el ejército aliado. Los cadáveres putrefactos competían en hedor con la gleba olivácea de los basidios. Una de las extrañas leyendas que circularon en los alrededores de Mulhouse identificaba el fuerte y repelente olor de los bosques cercanos a Thann como el resultado de una matanza de prisioneros franceses por parte del Cuerpo de la Guardia Real de Ar cheros húngaros, poco después de la batalla de agosto de 1914. La relación que podría establecerse entre el cuerpo de Archeros y los micelios es errónea, pues el nombre de los hongos procede del micólogo irlandés William Archeri, y no del archa, lanza cuya moharra es una larga cuchilla, que portaban los soldados magiares.
La historia debe formar parte de la campaña de infundios y patrañas que los científicos alemanes, bajo el nacional-socialismo, llevaron a cabo con el fin de dotar al pueblo alemán de una cultura micológica popular de la que carecían. Entre otras
falsificaciones, dotaron a cada seta de un nombre común, traduciendo directamente del latín los nombres de cada hongo. Así, la Anthurus archeri, la hubiesen llamado lanza de pétalos o corona de archas.


De su paso por la Patagonia, Charles Darwin quedó profundamente impresionado por dos cosas; primero, por la visión de los fueguinos absolutamente desnudos –la vista de un salvaje desnudo en su tierra natal es algo que no se puede olvidar nunca–; segundo, por el hecho de que entre todos los vegetales solo consumieran hongos crudos –de un sabor mucilaginoso y ligeramente dulce–, recolectados en los bosques junto a algún tipo de fruta. Años después, no conociéndose bien las causas de estas coincidencias, tomó esta coherente decisión. Una mañana, al volver del invernadero donde tan metódicamente trabajaba, llamó a su despacho a la señorita Wilberforce, ama de llaves e institutriz de sus hijas, y le ordenó que todas las mañanas, y siempre antes que sus hijas pudieran despertar y bajar a las cocinas, muy temprano, saliera al jardín con la carretilla y diese una vuelta por el mismo, recogiendo y eliminando todos los hongos que allí encontrase, especialmente aquellos falaceos, y en concreto los Phallus impudicus que tanto abundaban entre las rosaledas al final del verano y durante el otoño, por lo indecoroso y poco instructivo que su hallazgo y visión pudiera resultar para las niñas.


Hombre de Hauslabjoch, hombre de Oetztal, hombre de Similaun, hombre del Tirol u hombre de los hielos. Para familiarizarnos, deberíamos abreviar su nombre. Pongámosle Guzmán. Guzmán es un buen nombre. Apropiado para alguien con costumbres tan cercanas al pueblo celta. Guzmán era el artista de la aldea. Alguien con
posición preminente, casi una figura religiosa en la comunidad. Si lo sorprendían en su trabajo, el castigo podía llegar a la condena a muerte. Además, gozaba de la más absoluta libertad; faltaba el respeto a cualquier cazador o se aparejaba con quien fuera del poblado. De niño había sido castrado por su maestro, como parte de los ritos de aprendizaje de su iniciación. También fue tatuada su piel. La cruz, la recta y el círculo poseían los atributos mágicos necesarios para sus artificios. Guzmán había estado trabajando en una nueva escultura. Un nuevo poste, más vivo, más real, con el que representar las ceremonias que cada año celebraban el triunfo del Oso. Era el evento político más importante. Cada año se superaba a sí mismo en inventiva y creación. Todos lo conmemoraban. Empezó cosiendo tiras de piel y malezas, para ir conformando el cuerpo. La cabeza la ocupaba un cráneo de oso cubierto de barro y grasa. Un mecanismo la haría moverse. En la boca, un trozo de yesquero, una seta utilizada para encender fuego, hacía las veces de lengua, imitando así el vaho del aliento y provocando la ilusión de las palabras ardientes, el momento en el que el rugido del oso se fundía con las sílabas mágicas de su lengua, la a, la r, la g. Presentar un oso abatible, para humillarlo y castigarlo, ese era su cometido. Pero la ceremonia fue un fracaso. El yesquero prendió con demasiado vigor, y toda la figura del oso salió ardiendo. Su actuación en ese caso tendría que haber sido clara. Debería haberse arrojado al fuego e inmolarse con la figura. No fue así. Ante la sorpresa y el pavor que las llamas causaron, Guzmán echó a correr. Cogió lo primero que tenía a mano. El hacha de cobre, restos de piel de los animales, yesquero, algunas hierbas y amapolas. Corrió hacia las montañas, mientras en el pueblo reaccionaban. Había roto la ley, tenía que ser castigado y grupos de cazadores fueron en su busca. Lo avistaron en la falda del monte Oetztal. Alguno incluso dice que lo hirió de flecha venenosa. Guzmán, con algún rasguño que curó con apósitos de yesquero, el mismo hongo que le cerró las heridas cuando fue castrado y que encendió la llama que le había condenado y también liberado, siguió subiendo. Un frío terrible se apodero de él, un frío de adormidera. Somnoliento, se abandonó a la vida y a la muerte.


Acaso sea una falacia pensar que la forma, por sí misma, tiene una eficacia semiótica, es decir, significa como un lenguaje cualquiera. En realidad, se trata de un espejismo cultural. Una forma no habla, aunque sí, efectivamente, puede leerse. Así, la amanita muscaria, por ejemplo, que a veces imita setas comestibles, se hace naranja como la amanita cesárea, y entonces podríamos decir que habla. Es decir, que cuando la comemos y sufrimos dolor de estómago y alucinaciones en realidad es la seta la que está hablando. Esa forma, que tiene las mismas irregularidades de nuestras letras en el sombrero, las mismas rugosidades tipográficas, toma un color siempre más potente –si se trata de anaranjado es casi el naranja de las naranjas–, brillante y atractivo. De hecho su capacidad de llamar la atención parecería estar pensada especialmente para la especie humana. Es decir, que los animales, por poner otros posibles depredadores, no las encuentran tan apetecibles como los humanos, especialmente los niños y niñas humanos.


En ese mismo sentido había reflexionado Walter Benjamin con las diferencias entre la producción de mercancías en el mundo antiguo y en el mundo moderno. La nueva mercadería se presenta, fundamentalmente, como una imitación brillante del viejo objeto artesanal. En un primer momento, el consumidor prefiere el nuevo y falso útil no por su eficacia sino, sencillamente, por su propia y vacía novedad. Pero ese mecanismo, a fuerza de repetirse, acaba por dejar obsoleto al objeto antiguo y es su falsificación, obsolescente, como de-nunciaba Günther Anders, la que toma la preminente forma de la mercancía. Tengamos en cuenta que este proceso se repite incesantemente hasta llegar hoy en día a una calidad ínfima y a una inadecuación absoluta para su uso original. De esta manera, podríamos decir que el enano escondido dentro de la máquina de ajedrez, que significa el materialismo histórico, no es ya la teología sino, sencillamente, el gnomo, con su capucha roja, imitando el color de la muscaria, el enanito de yeso pintado que se pone en porches y jardines, ese engorro con el que tropezamos.


En algún momento la jeta, o sea, el hocico se convirtió en seta. Todavía el lunfardo guarda esa acepción germanesca, no de Alemania, sino de germanía. La jeta, es decir, la cara, empezó por el hocico. Es propio del olfato animal, las famosas cerdas truferas, por ejemplo. Y de ahí, por la preminencia en el rostro, ha acabado por apelar a toda la cara. ¡Qué jeta tan dura!, ese es el sentido pero de eso mismo, de ir arrastrándose por el suelo. Así, algunas veces, dar de bruces en el suelo o, también, oler suelo. El mecanismo es tan impropio del lenguaje figurado que cuesta imaginar cuándo y dónde «jeta» se convirtió en «seta». En la novela picaresca se dan, sin embargo, este tipo de extravagancias. Corominas lo llama «corrupción» del lenguaje y él mismo da para «seta» esa acepción: cosa podrida y de ahí, moho, verdín y el hongo llamado seta. Así, «seta» de «septa» como septicemia o antiséptico, mismamente, «fosa séptica». La seta más jerga que lengua.


El micelio: buscar las raíces es la forma subterránea que adopta el aéreo irse por las ramas.